domingo, 20 de diciembre de 2009

Brasov

En el camino hacia nuestro vagón – dejando atrás Ploiesti - repartido en compartimentos, nos encontramos con Rasputín en uno de sus momentos de histeria, haciendo que perdiéramos la paciencia. Así como a una abuela graciosa y con mucho desparpajo.
El viaje duró varias horas debido a la situación meteorólogica.
Así pues, tomamos rumbo a aquella nueva ciudad, rodeada por montañas de extensos bosques, una hermosa Tampa. Aquella ciudad con un bello velo blanco y unas luces navideñas, haciendo brotar aún más la época del año en la que nos encontramos.
Llegamos pues, a Brasov.
Brasov. Aquella ciudad, que destacaba por su Iglesia Negra, por la calle de la Cuerda o por un carter indicativo como en Hollywood y sobre todo, por su gente.
Nuestros nuevos anfitriones eran distintos a los anteriores. Era inevitable. Sin embargo, sabían lo que nos gustaba, lo que queríamos y cúando disfrutábamos de algo.
La primera mañana, tras haber pasado por el mal trago del tren – quiero decir, momento chistoso – y las presentaciones, acudimos al instituto. Todo transcurrió entre teatros, comidas y bailes típicos, bigotes postizos y hermanos.

La tarde y la noche, fueron aún – si cabe – mejor: patinaje sobre hielo al aire libre, con estupendas vistas al espeso bosque cubierto de nieve, comidas, cenas, algo de música típica, paseos, fotos y también un poco de fiesta y baile, acompañados de dos-tres horas de descanso. Entre todo esto, nació algo. Imposible de descrifrar ni describir. Algo que no tiene nombre, pero que tampoco es simplemente nada.
Me devolviste a la vida después del stand-by. Hiciste qye volviera a correr hacia el teléfono cuando suena esperando tu llamada. Que volviera a sonreir y a poner esa carilla de pánfila al escuchar tu voz. Conseguiste hacerme brillar con tu voz, con tu guiño de ojos que hacía que me olvidase de dónde estaba. Contigo, mi corazón volvía a desbocarse cada vez que me besabas, cada vez que gritabas mi nombre.
Gracias a tí, pude ver las cosas de otra forma, esa manera de ver las cosas positivas como tú me enseñaste.
Pero como todo, las cosas – y sobre todo las buenas – tienen fecha de caducidad y a todo le llega un fin. Un fin no deseado, irremediablemente doloroso, pero que, sin embargo, una fina línea de continuará quedaba visible. Esa línea delgada pero visible consigue mantenerme a flote y pensar en un futuro próximo donde los caminos nos volverán a juntar.
Así pues, tras una furtiva visita al castillo de Bran, un tren destino Bucarest nos esperaba. El momento de decir adios, es mejor no recordarlo. Siempre he odiado las despedidas, son demasiado sensible para ellas y si además no te quieres ir, la lágrimas están aseguradas.
Rápidamente, maletas en mano, subimos al vagón, diciendo un “hasta el verano” a través del cristal.

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Una pequeña sonrisa a cambio